La casa I
Ladrillo
a ladrillo fuimos construyendo la casa de nuestros sueños para
amparar a los chicos de la calle del pueblo.
Uno a uno se fueron
ocupando los cuartos. Cada vez íbamos agregando más camas y
levantando más paredes para albergar más gente.
Nuestro hogar
limpio, cómodo y abrigado mantenía sus puertas abiertas noche y
día.
Al fin mi esposo y yo habíamos logrado formar una gran
familia.
Después
de muchos años de permanecer cerrada mi padre decidió comprar la
casa, desoyendo comentarios de vecinos y allegados.
La pusimos en
valor, era grande y hermosa, con más habitaciones que las que
necesitábamos.
Aprendimos a convivir con los fantasmas del
pasado, algunos alegres y juguetones. Despertábamos a la noche con
el abrigo de sus brazos o muertos de frío cuando abrían puertas y
ventanas. Movían los muebles de lugar y así la casa lucía
diferente cada día, obligándonos a mudarnos de cuarto una y otra
vez.
Amigos y familiares les temían, en cambio nosotros nos
hicimos amigos.
Con el tiempo abrimos nuestro hogar al público
con cierta teatralidad.
Teresita Acosta Martínez
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