20.4.18


Me dicen Susy

Siempre quise tener un hermano o hermana pero no pudo ser.
Mi madre había tratado muchas veces pero todos los embarazos los perdía, incluso en el último intento a punto de parir.
Esa vez papá, visiblemente preocupado, le dijo - Hasta acá llegamos; había peligrado la vida de mamá también.
Nuestra pequeña familia, sin tíos ni primos tampoco, creció con la llegada de mis tres hijos y siete nietos.
Mis viejos disfrutaron mucho malcriarlos y acompañaron su educación también.
El bullicio, las risas y corridas de los chicos trajeron alegría y renovadas ganas de vivir.
Mis padres no fueron ajenos a esa fuerza arrolladora y tuvieron una vida larga, feliz y tranquila.
Decían que los críos les habían quitado años y dado color a sus vidas.
Pasaron los años, los chicos ya era grandes cuando ya viejita, mamá un día se quedó dormida y no despertó.
Poco a poco papá se consumió en el dolor, no resistió la pérdida y pese a estar rodeado de toda la familia se sentía algo solo y estaba desanimado.
Se fue apagando, se entregó a la tristeza, hasta que su corazón dejó de latir, habían pasado sólo dos meses de la muerte de su mujer, el gran amor y la compañera de su vida.
Para todos fueron momentos duros, golpe tras golpe, pero sabíamos bien que su deseo era partir y se despidió con una cálida sonrisa, al fin lo había conseguido.
Atravesar el duelo ya era difícil pero más aún tener que ordenar el amplio departamento que nos habían dejado.
En cada rincón de la vieja casa encontrábamos objetos que tenían su historia y nos traía a la memoria algunas anécdotas de amistades y familiares.
Muebles de buena madera y algunos desvencijados, enseres tan apreciados como ya ajados, prendas de vestir nuevas, algunas casi sin uso y sweaters deshilachados.
Cuadros y marcos de plata y de cartón corrugado, pinturas firmadas y muchas garabateadas.
Libros de ficción y de poesía, de historia y de leyendas, y mezclados entre ellos mis carpetas y cuadernos de la escuela.
Joyas y chafalonías aparecieron en los alhajeros. Y alguno ocupado por un rulito o mechoncito de mis hijos y mis nietos.
Me detenía en cada objeto reviviendo momentos gratos y también algunos desgraciados, tratando de rearmar en algunos casos el rompecabezas de nuestras vidas.
Podía decir que habíamos sido felices y unidos y que estaba agradecida por haber tenido la oportunidad de tener una hermosa familia.
Ya había vaciado roperos y placares, dado vuelta los colchones, sacudido almohadones.
Había leído viejas cartas y mirado cientos de fotografías blanco y negro y a color.
Había visto tarjetas y postales, albúmes de estampillas y las monedas coleccionadas.
Cuando estaba limpiando el escritorio, allí en el fondo del penúltimo cajón descubrí una caja de madera labrada que no reconocí.
Sí, estaba segura, nunca la había visto y a esa altura ya suponía, que estaba bien escondida.
La verdad no podía adivinar lo que tenía adentro, era un peso diferente.
La hacía girar en mis manos y la notaba distinta, no puedo precisar lo que sentía.
La llave estaba puesta y no me animé a darla vuelta.
Esa noche, todavía abrumada, me propuse descubrir su contenido.
Giré lentamente la llave, levanté la tapa, en el interior apareció un fino papel de seda escrito en letra cursiva.
Reconocí la caligrafía de mi madre y allí nomás se aflojaron mis manos y mis piernas y se me cayó al piso.
Dos nombres y una misma fecha de nacimiento, mi fecha de nacimiento, en tinta azul descolorida se leía - Hoy llegaron al fin mis dos grandes amores Javier y Susana.
Teresita Acosta Martínez

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