4.5.18




La Caja


La caja de madera oscura y opaca descansaba sobre la mesa de la cocina desde hacía más de un año. Ignacio la veía cada vez que visitaba la vieja casa de sus padres. A veces su presencia le resultaba ajena y distante y otras lo acompañaba en sus reflexiones.
Habían pasado días, meses y ya superaba el año de recogimiento. Se debatía entre la melancolía y las ganas de olvidar.
El tiempo se había detenido allí, una capa gruesa de polvo cubría las superficies mientras los muebles y pertenencias mantenían el mismo lugar de antaño. El hombre recorría las habitaciones ligeramente ventiladas y en penumbra, a veces rozaba ligeramente algún que otro recuerdo como si lo acariciara con suavidad.
Hablaba solo como si las paredes o fantasmas familiares lo oyeran. Se preguntaba y repreguntaba cómo seguir, por donde empezar a limpiar y ordenar. Necesitaba limpiar y ordenar las cosas y sus sentimientos también.
El lugar oscuro, húmedo y frío despedía un olor fuerte y acre. Los pocos minutos que permanecía allí abría las ventanas para airear y tomar bocanadas de aire puro y fresco. Por momentos sentía morir con sus afectos. Los buenos recuerdos lo traían de regreso.
Los primeros tiempos las visitas eran mas o menos seguidas, pasados unos meses se fueron espaciando, cada día le pesaban más las piernas para llegar hasta allí. Trataba de sobreponerse para cumplir con los espíritus que habitaban la morada familiar. Sentía un compromiso con los ocupantes del pasado.
Tomar distancia o deshacerse de la casa era impensado, sentía que ésta lo llamaba, lo esperaba, lo buscaba, lo necesitaba, mas temía quedar aprisionado en ella.
Su mujer y sus hijos no querían saber nada y sin embargo la sola mención o el recuerdo de la misma los hacía temblar, querían escapar temiendo que la vivienda se abriera a modo de
agujero negro y los chupara rumbo a un lugar desconocido.
Ignacio era el único visitante, iba una o dos veces por semana y al llegar se sentía atrapar por los brazos de su historia. Si bien creía que esa era su casa, su lugar en el mundo, no se animaba a permanecer mucho tiempo temiendo quedar preso de ella. Tampoco se atrevía a desprenderse de la caja que parecía aguardar su visita semanal.
Un día al llegar abrió la pequeña ventana de la cocina y un haz de luz iluminó la estancia, la caja parecía brillar y ser la protagonista en esa escena. Se preguntó entonces porqué hasta ahora no la había guardado en el placard o en una maceta, porqué no la había trasladado a un mejor lugar y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La caja lo acompañaba en momentos de desconcierto y soledad. Mantenerla allí era mantener vivo el recuerdo y tener la oportunidad de saldar cuentas emocionales pendientes, era conciliarse con los suyos.
Una noche un vecino lo llamó por teléfono, había sentido ruidos extraños y temía que alguien anduviera por allí. Llegó al lugar lo más rápido que pudo y se encontró con algunos vidrios rotos. Llamó al 911 y al arribar la policía se animó a ingresar acompañado.
Encendió las luces, recorrió el living, los dormitorios, el baño y el comedor. Todo estaba en orden. Al entrar a la cocina descubrió la mesa vacía. Los ladrones en el apuro habían tomado lo que tenían más a mano. Lo único que faltaba era la caja, en su lugar aparecía la huella limpia que había dibujado.
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Los dos hombres habían estudiado un poco la forma de ingresar a aquella casa abandonada sin llamar la atención. De noche, sólo la luz de la luna alumbraría su camino.
Sabían que rara vez el dueño aparecía por allí a la mañana o a la tarde quedándose a lo sumo un par de horas. Tenían mucho tiempo para entrar a robar y alzarse con un buen botín.
Aprovecharían la hora en que terminaba el partido y los hinchas del barrio salieran a festejar, así sus ruidos se confundirían con el bullicio de los fanáticos.
Llegaron a la diez y agazapados se quedaron esperando que finalizara el partido. Esa noche ganó el equipo contrario. Los petardos y bombas de estruendo se oían a lo lejos.
Ansiosos como estaban, después de una semana de haberlo planeado no quisieron posponerlo. Se miraron y haciendo una leve inclinación de cabeza se pusieron de acuerdo.
Forzaron la puerta del fondo, la que da a un patio cuyo muro fue fácil de franquear. Al entrar uno de ellos tropezó y fue a dar de lleno contra una repisa que al segundo se vino abajo. El estruendo alborotó a los vecinos que muy pronto encendieron las luces y largaron a los perros.
Al verse cercados decidieron escapar por el frente sin antes llevarse lo primero que encontraron, una caja que también les sirvió para romper los vidrios de la ventana por donde huyeron.
Quince minutos después, cuando llegaron a su casa, escucharon la inconfundible sirena de la policía y supieron que habían zafado.
Estaban eufóricos, ansiosos por abrir la caja y ver el contenido que tal vez los salvaría. La pequeña llave estaba puesta y solo había que girarla para descubrirlo. Levantaron la tapa y se miraron asombrados, nada de valor, ningún tesoro, una pequeña nube de polvo flotó en el aire anunciando las cenizas.
Teresita Acosta Martínez

20.4.18


Me dicen Susy

Siempre quise tener un hermano o hermana pero no pudo ser.
Mi madre había tratado muchas veces pero todos los embarazos los perdía, incluso en el último intento a punto de parir.
Esa vez papá, visiblemente preocupado, le dijo - Hasta acá llegamos; había peligrado la vida de mamá también.
Nuestra pequeña familia, sin tíos ni primos tampoco, creció con la llegada de mis tres hijos y siete nietos.
Mis viejos disfrutaron mucho malcriarlos y acompañaron su educación también.
El bullicio, las risas y corridas de los chicos trajeron alegría y renovadas ganas de vivir.
Mis padres no fueron ajenos a esa fuerza arrolladora y tuvieron una vida larga, feliz y tranquila.
Decían que los críos les habían quitado años y dado color a sus vidas.
Pasaron los años, los chicos ya era grandes cuando ya viejita, mamá un día se quedó dormida y no despertó.
Poco a poco papá se consumió en el dolor, no resistió la pérdida y pese a estar rodeado de toda la familia se sentía algo solo y estaba desanimado.
Se fue apagando, se entregó a la tristeza, hasta que su corazón dejó de latir, habían pasado sólo dos meses de la muerte de su mujer, el gran amor y la compañera de su vida.
Para todos fueron momentos duros, golpe tras golpe, pero sabíamos bien que su deseo era partir y se despidió con una cálida sonrisa, al fin lo había conseguido.
Atravesar el duelo ya era difícil pero más aún tener que ordenar el amplio departamento que nos habían dejado.
En cada rincón de la vieja casa encontrábamos objetos que tenían su historia y nos traía a la memoria algunas anécdotas de amistades y familiares.
Muebles de buena madera y algunos desvencijados, enseres tan apreciados como ya ajados, prendas de vestir nuevas, algunas casi sin uso y sweaters deshilachados.
Cuadros y marcos de plata y de cartón corrugado, pinturas firmadas y muchas garabateadas.
Libros de ficción y de poesía, de historia y de leyendas, y mezclados entre ellos mis carpetas y cuadernos de la escuela.
Joyas y chafalonías aparecieron en los alhajeros. Y alguno ocupado por un rulito o mechoncito de mis hijos y mis nietos.
Me detenía en cada objeto reviviendo momentos gratos y también algunos desgraciados, tratando de rearmar en algunos casos el rompecabezas de nuestras vidas.
Podía decir que habíamos sido felices y unidos y que estaba agradecida por haber tenido la oportunidad de tener una hermosa familia.
Ya había vaciado roperos y placares, dado vuelta los colchones, sacudido almohadones.
Había leído viejas cartas y mirado cientos de fotografías blanco y negro y a color.
Había visto tarjetas y postales, albúmes de estampillas y las monedas coleccionadas.
Cuando estaba limpiando el escritorio, allí en el fondo del penúltimo cajón descubrí una caja de madera labrada que no reconocí.
Sí, estaba segura, nunca la había visto y a esa altura ya suponía, que estaba bien escondida.
La verdad no podía adivinar lo que tenía adentro, era un peso diferente.
La hacía girar en mis manos y la notaba distinta, no puedo precisar lo que sentía.
La llave estaba puesta y no me animé a darla vuelta.
Esa noche, todavía abrumada, me propuse descubrir su contenido.
Giré lentamente la llave, levanté la tapa, en el interior apareció un fino papel de seda escrito en letra cursiva.
Reconocí la caligrafía de mi madre y allí nomás se aflojaron mis manos y mis piernas y se me cayó al piso.
Dos nombres y una misma fecha de nacimiento, mi fecha de nacimiento, en tinta azul descolorida se leía - Hoy llegaron al fin mis dos grandes amores Javier y Susana.
Teresita Acosta Martínez